Una foto terrible. Hiere solo verla. Corresponde al funeral de los dos trabajadores que asesinó ETA tal día como hoy, el 17 de marzo de 1978. Se llamaban Alberto Negro y Andrés Guerra. Poca gente recuerda sus hombres. Hace un par de años, durante una comida con las amigas de mi mujer, una de ellas nos contó lo que supuso aquel doble crimen para su familia. "Fue cuando mi padre nos dijo que teníamos que marcharnos de aquí". Cada vez que alguien banaliza lo que supuso el terrorismo para miles de personas me acuerdo de ella. En medio de un silencio sepulcral fue rememorando lo que significó aquel atentado. El llanto de su madre, el dolor por la pérdida de unos compañeros y aquella decisión que cambió sus vidas. "Nos fuimos sin decir nada, como tantos otros, hicimos la maletas, dejamos el piso y tratamos de empezar de nuevo. Nunca explicamos a nadie los motivos". Una historia de miedo y silencio, como tantas otras que no se han contado.
Nuestro compañero Iñaki Fernández, un experto en la historia del fascismo vasco, fue el encargado de contar aquel asesinato dentro del capítulo que dedicamos a la sangrienta campaña que emprendió ETA contra la central nuclear de Lemóniz en el primer tomo de nuestra trilogía. Cada vez que paso en bici por ahí hago una parada para honrar la memoria de los trabajadores que fueron asesinados por la organización terrorista.
Les dejo por aquí un fragmento del capítulo de nuestro amigo Iñaki:
Afirmar que el movimiento anti-Lemóniz obedecía a la estrategia de ETA resulta excesivamente simplista. La oposición a la central nuclear era muy amplia y existían múltiples matices en las posturas de los grupos antinucleares. Sí es cierto, sin embargo, que las organizaciones que encabezaban el movimiento no condenaron en ningún momento las muertes causadas por ETAm en su campaña contra la central y que legitimaron con su silencio la actuación de la banda terrorista. En algunas ocasiones incluso, la actuación de los Comités Antinucleares pareció avalar la actuación de ETA. Tras la muerte del etarra José Ricardo Barros cuando manipulaba unos explosivos que estaba colocando en un transformador eléctrico de Iberduero, los Comités Antinucleares publicaron una esquela en la que manifestaban que continuarían con la lucha. El cambio de eslogan de Lemoiz gelditu (Parar Lemóniz) por el de Lemoiz apurtu (Destruir Lemóniz) por parte de CDCVNN en 1981 cuando las bombas de ETA en la central ya se habían llevado la vida de tres trabajadores quizás no sea un refrendo indirecto del empleo de la violencia, pero apunta al ambiente de alienación con el que se recibía la actividad terrorista y la indiferencia en la que caían las víctimas del terrorismo.
A todo ello contribuyó en buena medida la fortaleza de la izquierda abertzale en el seno del movimiento antinuclear. El nacionalismo vasco radical agrupado en torno a HB desarrolló una estrategia de satelización de los diferentes movimientos sociales que iban apareciendo durante la Transición. Para ello se iba haciendo con el control desde dentro cuando sus partidarios eran lo suficientemente fuertes o desplegaba sus propias organizaciones sectoriales paralelas cuando lo primero no resultaba posible. Esto último ocurrió en el caso del feminismo, con la formación de Kas-Emakumeak y de Aizan!, o en el del rock y el punk, con el despliegue del Rock Radical Vasco. En el de Lemóniz, acabaría asimilando los restos en el Movimiento Ecologista Vasco (MEV).
María del Mar Negro, hija de Alberto Negro, uno de los trabajadores asesinados por ETAm en sus acciones contra Lemóniz, ha empleado unas palabras para referirse a la instrumentalización que ETA efectuó sobre el movimiento antinuclear:
"Una de las peores características de la banda terrorista ETA es que emponzoñan, pervierten todo lo que tocan. [...] además de comportarse como una cruel banda criminal que lleva a sus espaldas casi mil asesinatos e infinidad de destrucción, pretende erigirse en defensora de causas nobles, envileciéndoles, pervirtiéndolas y desvirtuándolas. Ocurrió con su postura contraria a la autopista de Leizarán, con su lucha contra la droga o con su defensa antinuclear. En todos los casos recogieron causas que podían ser nobles y justas y causaron estragos, dolor y crímenes de gente inocente. [...]. Pero lo que comenzó siendo un movimiento ecologista fue cayendo en manos del mundo de ETA, que acogió el argumento como suyo y lo añadió a su petición de deseo del pueblo vasco. Automática e increíblemente ETA pasó a liderar el movimiento ecologista vasco, aunque todo el mundo sabe que una característica natural del ecologismo es su carácter antiviolento. [...] Automáticamente dijeron no a la central y comenzaron su campaña de difamación contra todo lo que estuviera en torno a ella. Empezaron a unirse a grupos puramente ecologistas y los engulleron. No sé hasta qué punto estos grupos fueron conscientes de ser utilizados, pero eso ya no importa, de hecho no fue la única vez que pasó, tiempo después ocurrió otro tanto con la autovía de Leizarán. El caso es que empezaron a mezclarse en sus campañas y de la ecología pura y dura fueron pasando a la política, al ataque a todo lo que no fuera antinuclear. Lo antinuclear era lo vasco y lo nuclear era el enemigo".
«Lemoiz apurtu»
El silencio o la aceptación tácita de la violencia por parte del movimiento antinuclear favoreció su extensión y, a lo largo de 1978, la ofensiva de ETA contra la central se recrudeció. Los atentados, desde apedreamientos de las lunas de las oficinas de Iberduero hasta las bombas contra las instalaciones de Lemóniz, se multiplicaron. Iberduero cuantificaba en 600 millones de pesetas (más de 30 millones de euros actuales) los costes de los alrededor de 80 atentados de los que habían sido objetivo durante los últimos meses de 1977 y primeros de 1978. En este estado de cosas se desató de nuevo la tragedia. El 17 de marzo de 1978 miembros de ETAm colocaron una bomba en el reactor número uno de la central de Basordas. La explosión mató a dos trabajadores y la onda expansiva hirió a otros catorce. Las víctimas mortales, Alberto Negro Viguera y Andrés Guerra Pereda, contaban con 31 y 29 años respectivamente, ambos estaban casados y Alberto Negro tenía tres hijos. Para la colocación de la bomba los miembros del comando de ETAm se hicieron pasar por trabajadores y, guiados por el etarra José Antonio Torre Altonaga, que trabajaba en la central como electricista, pusieron el explosivo en un punto de difícil acceso. Este miembro de la organización terrorista fue el único condenado por ambos asesinatos a pesar de que se conocía la participación de otras tres personas. La Audiencia Nacional le condenó en 1981 a 20 años de prisión. La muerte de los dos trabajadores fue acompañada de polémica sobre las llamadas para avisar de la bomba que había realizado ETAm. Como ocurriría en otros atentados que terminaron por cobrarse la vida de civiles, la banda terrorista alegó que había realizado una llamada por la mañana a la central avisando de la colocación de un explosivo mientras que Iberduero señalaba que la única llamada que se había recibido había sido escasos minutos antes de producirse la explosión.
Fuera como fuere, la responsabilidad de la muerte de Alberto Negro y de Andrés Guerra recaía única y exclusivamente en ETAm, con independencia de los juegos retóricos y excusas que se desplegasen para transferir la culpa a Iberduero. La proliferación de llamadas anónimas amenazando con la colocación de bombas se convirtió durante estos años en un fenómeno recurrente, y tanto esta empresa como otros organismos tuvieron que hacer públicos comunicados en los que señalaban que en lo sucesivo no harían caso a estas amenazas ante la imposibilidad de prestar sus servicios si obedecían a todas ellas. A pesar de las muestras generalizadas de repulsa que esta acción originó y a pesar de que ETAm se lamentó públicamente por las consecuencias de su atentado, no varió su estrategia de actuación y la historia se volvería a repetir. Al fin y al cabo, ETA se presentaba como la vanguardia de la «lucha de liberación vasca» y ella misma dictaminaba sobre qué vidas tenía preferencia su proyecto político. El 13 de junio de 1979 ETAm consiguió colocar otra bomba en el interior de las obras de Lemóniz. En esta ocasión murió a consecuencia de la explosión el trabajador Ángel Baños Espada, de 46 años de edad, casado y con cinco hijos. Sus compañeros, reunidos en asamblea, dieron a conocer un comunicado en el que hacían un llamamiento, «en particular a ETA y a aquellos sectores del pueblo que piden goma-2 para Lemóniz, para que hagan un análisis de las irresponsabilidades que están cometiendo, porque, al atentar contra las instalaciones, están atentando también contra la seguridad del trabajador».
En el comunicado que publicaron CCOO y UGT en protesta por el atentado se preguntaba si las muertes de Alberto Negro y Andrés Guerra no habían sido suficientes y de qué manera iba a justificar en esta ocasión ETAm su actuación. Nuevamente, la banda terrorista trató de descargar su responsabilidad en Iberduero, señalando que se habían tomado diferentes medidas para evitar que ningún operario sufriese daños y calificaba lo ocurrido de «inexplicable». También arremetía contra aquellos que habían condenado su actuación aludiendo a la celeridad con que lo hacían cuando ETAm estaba involucrada y no cuando los desmanes provenían de Iberduero o del Estado. Tampoco esta vez la muerte de un trabajador originó ningún cambio en ETAm, que continuó su campaña de bombas contra Iberduero.
La última de las víctimas que se derivaron de la intervención de ETAm en el conflicto de Lemóniz fue Alberto Muñagorri, un niño de seis años que el 26 de junio de 1982 fue alcanzado por la explosión de una bomba depositada por ETAm en las inmediaciones de los locales de Iberduero en Rentería. A consecuencia de las heridas que sufrió perdió una pierna y la visión de un ojo. Él también fue considerado un «daño colateral» por ETA y su entorno. Al día siguiente de la explosión, el Ayuntamiento de Rentería celebró una sesión extraordinaria en la que se aprobó una moción de HB pidiendo una investigación para esclarecer lo ocurrido en torno a la explosión. En la moción se responsabilizaba de lo ocurrido a la Policía Nacional por su actuación durante el incidente y a Iberduero por su determinación de seguir adelante con su proyecto nuclear bajo cualquier circunstancia. En el País Vasco ocurrían estas cosas.
La dramática fotografía de Bernardo corresponde a los funerales por las dos víctimas de aquel atentado. Archivo Municipal de Bilbao, Fondo de La Gaceta del Norte.
Del muro de José Antonio Pérez Pérez