El pregón de Carlos Ruiz Gonzalez no fue solo un discurso; fue un suspiro, una memoria hecha palabra, una oración vestida de sentimiento. Cada frase nacía del alma y encontraba refugio en el corazón de quienes llenaban el templo.
De la mano de Jesus de Cote Zamorano, que supo abrir la noche con cercanía y cariño.
Los sones majestuosos de la Banda Municipal de Sevilla envolvieron el aire de solemnidad, poniendo música a los sentimientos que ya flotaban en cada rincón. Y cuando la voz de los Cantores de Hispalis se alzó, Sevilla entera pareció hacerse presente, con su fe, su historia y su emoción.
Y entonces, el silencio.
Un silencio que se rompió con el quejío profundo de Maria Angeles Cruzado, la saetera. Su voz, rasgada y celestial a la vez, se convirtió en plegaria viva, en lágrima contenida, en piel erizada.
Fue una noche de fe verdadera.
De emoción compartida.